viernes, 4 de septiembre de 2020

"Las Dimensiones del encuadre en el Acompañamiento Terapéutico"

 *Por Federico Gómez y Lucas Barrios.

Introducción:

La figura del Acompañante Terapéutico surge en el contexto del paradigma alternativo al modelo Médico-Hegemónico, como propuesta ambulatoria de tratamiento para usuarios con padecimientos subjetivos. Se inscribe dentro del Campo de la Salud Mental como una práctica que se desarrolla en espacios comunitarios y cotidianos, distintos a la lógica de encierro y exclusión, que proponía el discurso del modelo anteriormente mencionado, como forma de abordar la locura.

En la actualidad, se lo plantea como un dispositivo de atención con su rol y función determinada apoyándose en la Ley Nacional de Salud Mental número 26.657. Desde esta posición es relevante poder problematizar sobre los conceptos que hacen a esta profesión; en este caso, el encuadre.

El encuadre es una herramienta fundamental del acompañante terapéutico y piedra angular del Acompañamiento Terapéutico en sí. Se lo considera como un elemento nodal para esta disciplina, ya que instrumenta al profesional desde el arranque de la situación, incluso antes, hasta el momento del cierre. Pensar al encuadre permite establecer ciertas pautas para el abordaje que puntualiza las formas de hacer los primeros acercamientos al acompañado y su entorno.

Es importante destacar que sin encuadre no hay acompañamiento posible. Desde que se convoca al at, es éste quien establece las pautas para acordar una reunión; de modo que ya se podría pensar en un primer momento del encuadre.

Esa demanda, que suele ser telefónica o por mensaje de texto, la realiza el equipo que viene trabajando la situación o directamente la familia. Ciertas veces esa demanda suele ser desbordada y cargada de ansiedades y urgencias, en tal caso, el profesional es quien debe tomar la demanda para ya realizar una primera intervención; aquí se introduciría un concepto que se denomina pre-encuadre.

            A continuación, se desarrollará un recorrido del concepto de encuadre en sus dos dimensiones, la estructural o formal y la clínica, dentro de la práctica del AT. A su vez, problematizar los posibles errores o fallas del at, al momento de encuadrar.


 ¿Cuándo comienza el encuadre?

“Se tratará de establecer un contrato que conformará un marco simbólico, un ordenador para la relación que se empieza a establecer. Este marco dará las referencias para la situación de AT desde distintas aristas: at-paciente, at-familia, at-equipo profesional.” (Rossi. 2007. Pág. 54.)

Se interpreta que las pautas y condiciones del AT se establecen en el primer encuentro, facilitada por una reunión con el equipo y/o la familia; sin embargo, existen una serie de intervenciones que se situarían antes del encuadre, entonces, fuera del mismo. Por eso se propone un marco delimitador previo, a este contrato simbólico, denominado pre-encuadre. Este se dispone, durante el momento del primer contacto, de forma remota, en el cual se exponen las demandas hacia el profesional, y éste deberá saber tomar este pedido para reelaborarlo.

Las intervenciones que aquí surgen, dentro del pre-encuadre, contribuyen a poder demarcar y encausar esta demanda para trabajarla en las primeras reuniones donde se establecería el encuadre propiamente dicho.

            Un ejemplo para graficar esta realidad se encuentra cuando un familiar realiza un llamado telefónico al acompañante y, sin presentarse, comienza a dar información clínica de su hijo, el posible acompañado, de manera desbordada y sin cabales. El padre cuenta que su hijo padece psicosis, no puede salir de su casa, necesita hacer unos trámites, sólo cuenta con un psiquiatra en el equipo al cual ve una vez al año, y solicita que la semana siguiente comience el acompañamiento. En este primer encuentro, de forma remota, el padre manifiesta una demanda cargada de ansiedad y urgencia, con la cual el at deberá lidiar. Es aquí, donde se ubica el pre-encuadre, siendo éste el lugar donde se debe tomar la demanda y reelaborarla.

¿De qué manera se realiza? Es tarea del profesional, poder ubicarse de forma activa y llevar ese pedido angustioso y perentorio a un terreno en el que se pueda trabajar. Es fundamental que el at intervenga poniendo una pausa al discurso, alojarlo y suspenderlo hasta poder trasladarlo a una entrevista, tanto con quien hace el pedido como con el equipo. Se puede pensar en la posibilidad de un encuentro con la familia y el posible acompañado y luego con el equipo que esté trabajando la situación.

Una vez que se concreta la primera entrevista, se da cierre al pre-encuadre, para poner a explicitar las pautas y reglas que hacen a la estructura del encuadre.


Dimensión formal o estructural:

            “El escenario donde se desarrollará el acompañamiento contempla la existencia de algunas normas explícitas (…) y otras implícitas; también contempla la regla de abstinencia, respeto por el otro, por la subjetividad y por el proceso terapéutico.” (Frank. pág. 57).

            Cuando la autora hace mención a las normas explícitas, hace hincapié a: honorarios, horarios, espacios, rol, actividades a realizar y duración de los encuentros. Lo que se ubica dentro de la dimensión estructural del encuadre del AT.

            Es fundamental que el at tome un rol activo dentro de la construcción de su propio lineamiento de encuadre en relación a las normas explícitas. Será necesario exponer cuánto será el monto mínimo ético[1] a cobrar y el modo en que se efectuará; la cantidad de días, lugar de encuentro y duración del AT. Además poder explicar cuál es el rol, con sus alcances, limitaciones e incumbencias, para poder intervenir, ligado a la estrategia y a los objetivos terapéuticos.

            En cuanto al lugar y duración del AT, si bien lo define el profesional, es un acuerdo con el usuario y el equipo, atendiendo a la singularidad de la situación. Se pone la impronta en lo particular del caso, analizando y diagramando los diferentes escenarios de intervención de esta profesión; siempre serán espacios de la cotidianidad del sujeto, integrándose el at en el mismo, favoreciendo la (re) construcción de lazos, fomentando la autonomía y la subjetivación del acompañado.

            En relación a los honorarios, es primordial, que el profesional pueda definir el modo en que se va a efectuar el pago por el trabajo realizado. Se puede pensar en la opción de recibir el dinero de forma directa del usuario o familia; o bien, esperar el tiempo de reintegro de una obra social. Sobre este último punto, es menester de un encuadre más claro, poder definir de qué lado recaerá la espera. Es importante recalcar que cualquier decisión que se tome, es responsabilidad del profesional que aborda la situación, ya que el encuadre, si bien es acordado con la familia y el equipo, es establecido por el acompañante terapéutico.

“En términos generales, subrayemos, el encuadre se compone de elementos que deben ser constantes, contemplando a su vez las variaciones que puedan darse con el transcurso del tiempo, es decir, debe tener una vertiente variable, por las modificaciones que se harán de acuerdo al devenir que vaya teniendo el tratamiento. Siempre tratamos de dar lugar a lo que “no cuadra”, a aquello nuevo, que surge por el lado de la “invención” en ese encuentro terapéutico-at-paciente-familia.” (Rossi, 2007, pág. 55)

Finalmente, se considera que el encuadre en su dimensión estructural o formal, representa las variables más constantes de la labor terapéutica, sin embargo, como da cuenta la experiencia clínica, éste debe poder ser flexible para reflexionar sobre los emergentes que se susciten en el contexto de lo cotidiano.

Dimensión clínica:

            ¿El encuadre se introduce en lo cotidiano del acompañado o lo cotidiano dentro del encuadre? Pensar que el encuadre viene a enmarcar o cercar aspectos de la vida del usuario sería continuar con un paradigma de encierro y exclusión que hace tiempo se quiere erradicar, y es a partir de la ley nacional de Salud Mental que se comienza a reglamentar una lógica diferente que ya se venía gestando.

En cambio, poner en relieve la cotidianeidad del usuario, por encima del encuadre, permite pensar la particularidad del contexto del acompañado, para ser el at, con sus estrategias y tácticas, quien se integra en lo cotidiano. De esta manera, el encuadre viene a poner ciertas pautas que no interfieran con la emergencia de la subjetividad que hacen a la cotidianeidad del sujeto, sino que la promuevan. Pensar esta posibilidad, ubica al profesional en una postura ética, de escucha y de respeto con el acompañado.

El encuadre es terapéutico cuando se utiliza como posibilitador de  intervenciones que favorezcan el bienestar y salud del acompañado. De manera tal que sea el promotor de la subjetivación del mismo y no un coartador de sus derechos y sus deseos. Este marco simbólico, entonces, viene a ubicarse solo en una fracción de la vida del usuario y por ello lo cotidiano viene a ser algo que lo trasciende; asimismo el encuadre viene a ser ambulatorio y de carácter abierto.

Entonces ubicamos este contrato simbólico dentro de la clínica de lo cotidiano, entendiendo que: “El término “clínica” apunta hacia la importancia de los aspectos vinculares de la tarea, mientras que el término “cotidiano” señala que el trabajo con el vínculo tiene lugar en el ámbito de situaciones cotidianas, y empleando también recursos cotidianos.” (Dozza. 2020. Pág. 102).

Si bien el encuadre es un delimitador del espacio, tiempo y duración de los encuentros, dentro de esta dimensión clínica, se lo puede tomar como una herramienta terapéutica más del at para intervenir. Como tal, implica que se puede utilizar como un elemento de terceridad al que se puede acudir cuando la situación lo amerite. Esto es, apelar a una ley que intervenga entre el profesional y los diferentes actores que hacen a la situación del acompañamiento. Hay situaciones en las que el at debe recurrir a esta instancia para no acotar los alcances del vínculo y no sabotear el AT, de modo que sirva de moderador del espacio.

Entonces, cuando aparece una demanda desbordada, implícita o explícita, junto con otros elementos que ponen en peligro la continuidad del encuadre; surge la dificultad de ubicar el corte de un encuentro, donde la finalización se impone como un compromiso contraído al momento de definir las pautas de comienzo y cierre de la jornada.

Por ejemplo, en una situación de acompañamiento que se mantuvo tranquila pero a minutos de finalizar comienza una serie de discusiones familiares. Allí, el acompañante queda entrampado en esa escena, teniendo que recurrir al encuadre para poder lidiar con la situación y poder dar un cierre sin que el vínculo, con los participantes, se vea afectado.

Otro escenario posible se da cuando el acompañado manifiesta, de forma explícita, querer continuar el paseo y el profesional, nuevamente, debe recurrir al encuadre como tercero de apelación para poder finalizar el acompañamiento, y así evitar dañar el objetivo terapéutico del mismo.

Se puede mencionar otra cuestión en relación a los espacios que son pertinentes al acompañamiento, esto implicaría seguir problematizando la dimensión formal, que influye directamente en la clínica.

En esta arista se trabajará en la delimitación de los sitios de circulación del acompañado, demarcando el espacio e intimidad del otro. Por ejemplo en instituciones educativas se abordan los límites pertinentes a los lugares comunes como el patio, el quiosco, las aulas, y se trabaja en reconocer que existen otros espacios donde, para ingresar o circular, se debe pedir permiso; como la secretaría, dirección y otras aulas de índole privadas.

Si se hace referencia a paseos o actividades recreativas, es trabajo del profesional, poder ubicar los espacios que son de circulación pública, de aquellos privados o de acceso exclusivo, limitados por normas sociales y culturales. Como ejemplo de esto, se puede mencionar que en un shopping, se encuentra limitado el acceso a cocinas de los bares, depósitos de mercadería, oficinas de personal autorizado, por lo cual es labor del at poder esclarecer la diferenciación entre espacios públicos y lugares que la sociedad acuerda como restringidos.

Para un abordaje sustentado en la (re) inserción social, donde se trabaje en que el acompañado sea capaz de reconocer las normas estructurales que hacen a la cultura, se torna fundamental pensar el encuadre como mediador que delimite estos espacios de circulación comunitaria, de aquellos que son privados. Actuando, este, como terceridad y evitando, así, que el profesional caiga en intervenir brindando opiniones subjetivasen relación a lo que se “debe” y “no se debe” hacer.

Otro ejemplo en donde se debe apelar al encuadre como terceridad, es en el caso de acompañamientos en donde se abordan cuestiones en torno a los consumos problemáticos. El at es quien debe recurrir a este marco simbólico, a fin de enfatizar que durante el tiempo que dure el encuentro, el acompañado no puede consumir. Esto debe ser un compromiso en el cual el profesional deberá acordar con el acompañado, para evitar la ingesta de cualquier tipo de sustancia (drogas, alcohol, alimentos, otros, dependiendo del caso por caso) y evitar inconvenientes.

Por otro lado, durante el AT, pueden aparecer distintos personajes que interactúen con el acompañante y/o el acompañado. En este caso teniendo en cuenta la flexibilidad del encuadre, esta interacción está habilitada y es esperable, ya que en la clínica de lo cotidiano se configura al encuadre como algo estable pero laxo y ambulatorio. Entonces, se deja en claro que en este acto los terceros son personajes que actúan en cada escena, el at funciona como apuntador[2] y el acompañado el protagonista de toda la obra.

Otra instancia en la que se relacionan los aspectos estructurales con los aspectos clínicos del encuadre, se reflejan en las comunicaciones remotas como llamadas, mensajes, correos electrónicos, entre otros. Los mismos van a ser pautados al inicio del acompañamiento, con la posibilidad de  modificarse según la particularidad del caso. Es importante destacar que los llamados pueden tener la función de informar cambios en el encuadre, como ser, cambios de horarios, lugar, días, los cuáles serán acordados por ambas partes. Sin embargo, a su vez, tiene una función en calidad de intervención cuando el caso lo amerite.

Puede darse la situación en la cual la persona acompañada requiera la intervención remota, cuando este se ha desbordado por ansiedades o padecimientos subjetivos. O también sin necesidad de caer en cuestiones de crisis, el at podrá intervenir con un llamado telefónico; esta modalidad dependerá del caso por caso.[3]

Asimismo el encuadre viene a ser el operador de estas formas de interacción, regulando la demanda, el tiempo, los días e incluso si es pertinente esta modalidad, ya que hay casos en los que no se lo recomienda. Aun así, es una decisión para tomarla con el equipo, pensando qué función terapéutica y clínica tendrá habilitar estas comunicaciones remotas.

Finalmente estas son algunas de las dimensiones clínicas que se ha podido problematizar en el uso del encuadre como intervención.

Fallas o errores en el encuadre:

Por último se anexa un apartado en el cual se detallarán algunas consecuencias de no establecer de forma clara y correcta el encuadre, y cómo esto afecta directamente en la clínica del AT.

En relación a los honorarios, se mencionó anteriormente, que es importante que el profesional sea claro y coherente con las pautas que va a establecer respecto a cómo y cuándo cobrar en el momento que se decide esperar el reintegro de una obra social. Resulta engorroso establecer puntos muy generales sobre este aspecto, ya que, se puede prestar a confusión el tiempo de demora del dinero (muchas veces de más de medio año, aunque varía cada caso) y quién debe sostener esta espera. Esto puede, o no, influir en la dimensión clínica al impactar de forma directa en el profesional.

¿En qué sentido? El at es un profesional más, dentro del Campo de la Salud Mental, y su labor terapéutica debe ser remunerada al igual que al resto de las disciplinas; de forma que, el no cobro del dinero puede deslibidinizar el espacio del AT. Freud (1913) en “Sobre la iniciación del tratamiento” destaca la importancia del valor y la función simbólica que posee el dinero en un tratamiento; siendo, articulador entre el at y el usuario, un elemento dentro del contrato simbólico que el encuadre implica.

Entonces cuando esto falla afecta a la dimensión clínica, generando ansiedades y malestar en el at, empastando el tratamiento, trabando los objetivos terapéuticos, afectando en la transferencia y otras veces precipitando el momento del cierre del AT.

En cuanto a los horarios y días de los encuentros, deben ser pautados al inicio del tratamiento. Una dificultad en esta temática es, no ser lo suficientemente claro para delimitar el tiempo en que se comienza y, fundamentalmente, cuándo se cierra el encuentro. La falla estaría al no encuadrar como es debido, dejando la posibilidad de que el tiempo se desborde y este afecte al vínculo at-usuario, at-familia, at-instituciones.

De manera que, esta situación genera una demanda excedida y el mal encuadre lleve a que el usuario o la familia sean quienes delimiten los días y la duración de los encuentros a su conveniencia. Si el profesional no sabe ubicar este límite puede tornarse una situación desbordante en escalada, en la cual se pierde la conducción que este debe tener sobre el encuadre. Nuevamente esta falla en el marco simbólico genera ansiedades en el profesional que ponen en jaque la continuidad del tratamiento. Es fundamental anticipar esta situación antes de que se llegue a un error crítico.

Hay que tener en cuenta que hay fluctuaciones en el encuadre que hacen al AT, cambiando las pautas establecidas por efectos del tratamiento. Sucede que por cuestiones transferenciales se modifican los acuerdos, en relación a lo que acontece con el acompañado. Por ejemplo, que el usuario decida concluir un encuentro antes de lo establecido, aparenta una falla en el encuadre, sin embargo, puede ser un logro terapéutico donde se puede leer la emergencia de la subjetividad.

Asimismo, el síntoma del sujeto irrumpe en el encuadre, rompiendo el contrato establecido. Sin embargo, no es falla del planteamiento del encuadre en sí, sino vicisitudes de lo cotidiano en el AT. Será necesario realizar una lectura, en el caso de que esto se siga repitiendo. Entonces se observa que hay fallas en el encuadre durante un AT, que no son por las formas en que se estableció el mismo, sino que surgen por las contingencias de la clínica de lo cotidiano; y es labor del at pensar el contexto en que surgen estas para poder intervenir, articulando con el equipo.

Finalmente, se puede observar cómo las fallas en la dimensión formal o estructural del encuadre afectan directamente en las intervenciones clínicas, siendo fundamental, para el profesional, ser claro y coherente desde el inicio del tratamiento para así poder establecer un espacio saludable para el at y el acompañado.

Reflexiones finales:

            Concluyendo, se puede destacar y dejar en consideración estas dos dimensiones, la clínica y la formal, y cómo esta última influye en los aspectos terapéuticos del día a día. Haciendo hincapié en despejar cualquier tipo de incógnitas e intentando ser lo más claro posible para no caer en las fallas críticas del encuadre, donde se llegue a una situación irreversible respecto al tratamiento. El at es el responsable de establecer las pautas de este marco simbólico y un encuadre mal planteado lleva a las fallas estructurales.

            A su vez, reconocer que el at tiene la potestad de intervenir desde el momento en que se realiza el primer contacto, estableciendo allí un pre-encuadre, que permita al profesional operar, incluso antes de la primera entrevista.


*Técnicos en Acompañamiento Terapéutico de la FHAyCS-UADER. 
Docentes Adscriptos de la carrera Tecnicatura Universitaria en Acompañamiento Terapéutico.
Miembros de EnRed.ATe

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Bibliografía

-          Chevéz. A. (2012) ATRAVESAR. Revista de Acompañamiento Terapéutico. “El Rol, la autopercepción del Rol y la Función

-          Dozza, L.  “Acompañamiento Terapéutico y clínica de lo cotidiano”. 3ra ed. ampliada. – Ciudad Autónoma de Buenos Aires: La Docta Ignorancia, 2020.

-          Frank, M. “Acompañantes. Conceptualizaciones y experiencias en AT.  Buenos Aires 2012.

-           Freud, Sigmund (1913): Sobre la iniciación al tratamiento. Amorrortu editores. Volumen 12. 2010.

-          Galende, E. “Psicoanálisis y salud mental”. Ed. Páidos. Buenos Aires 1994.

-          Ley  Nacional de Salud Mental y Adicciones N° 26.657.

-          Rossi, G.: “Acompañamiento Terapéutico. Lo cotidiano, las redes y sus interlocutores”. Ed. Polemos. Buenos Aires 2007.



[1]Cabe aclarar que la realidad de la práctica del at en el país es variada y no reglamentada en todos los casos, lo cual, implica que el monto mínimo va a estar sujeto a lo que establece la institución referente provincial que regule la profesión; pudiendo ser asociaciones, ministerio de salud u otro organismo regulador.

[2]Persona que en el teatro se coloca cerca de los actores para recordarles sus parlamentos.

[3] Durante la ASPO de 2020 a raíz de la pandemia de COVID-19, ésta modalidad fue muy utilizada.

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